CUECUEYOS

los “chakras” toltecas
FRANK DÍAZ

El descenso de los dioses

En las piedras y los códices de Anáhuac (el México antiguo) aparece con frecuencia un signo en forma de araña, escorpión, hormiga, ciempiés o avispa, cuyo aguijón venenoso simbolizaba el castigo. Los mayas le llamaron Uuk Chuwaj, siete abeja silvestre, y le dedicaron muchas referencias dentro de los libros de Chilam Balam. En náhuatl le apodaban Pipiolteka’, las abejas silvestres, pero su nombre propio era Tsitsimitl, composición de Mitl, flecha, aguijón, punta, y Tsitsi, sobrenombre de la abuela o la fundadora de un linaje.

En el mito creador, Tsitsimitl se entendía como la abuela que flecha o punza, en alusión a las agujas y otros instrumentos para tejer que identificaban a las diosas madres, pues ellas hilaban o tejían simbólicamente el hilo o la tela de la vida, decretando los nacimientos y muertes.

Vemos estos significados en la siguiente imagen, donde la madre Tsitsimitl, en forma de araña, sostenida por un cráneo, despliega una telaraña, imagen de la expansión de la vida. A ambos lados destacan las hebras de la trama y la urdimbre en forma de estambres de mariposa (símbolo de metamorfosis o evolución), sostenidas por las ancianas diosas del parto: a la izquierda Oshomoko, rincón fecundo, la primera madre del mito mesoamericano; a la derecha, su contraparte celeste o divina, Ilama’teuktli, señora anciana, adornada con un pectoral de estrellas que simboliza la conciencia en estado difuso. 

Pero, la interpretación del término Tsitsi como abuela no es literal. En sentido propio, Tsitsi significa perforada, es decir, fecundada o paridora. Deriva de una raíz que forma términos como Tsitsika, encajar, meter, Tsitsitsa, herir, atorar, y Tsitsitl, turquesa con huecos o máculas (de inferior calidad).

Por otro lado, al unirse con Tsitsi, el componente Mitl no sólo alude al aguijón y la punta de la flecha, sino también al hueco o la herida resultante. De modo que, literalmente, Tsitsimitl significa punta que encaja y punto de encaje. Ambos sentidos fueron representados en la siguiente imagen, donde, junto a un conjunto de tres tsitsimitl en forma de abeja, escorpión y hormiga, el pintor añadió los términos mitl y tsitsika a través de sus signos de escritura - la caña de flecha y la garra o aguijón:

El concepto de castigo contenido en el aguijón de la madre Tsitsimitl se hace patente en su nombre maya, Chich, con dos acepciones: abuela y dureza, agresión. El siguiente verso juega con ambas, para anunciar las calamidades que sobrevendrían en una era de transgresiones sexuales:

“La dura abuela es el rostro de este tiempo, la señal de su gobierno. Morderá a sus hijas y a sus hijos, pateará a sus hijas y a sus hijos cuando llegue.” (Chumayel 5.2)

Los anahuacas interpretaban la vida física como un castigo, porque, desde que el espíritu contacta con la materia en el nacimiento, hasta que se despide en la muerte, el ser viviente se ve sometido a innumerables sufrimientos. Tal idea quedó expresada en los siguientes conjuros mayas que describen el nacimiento del profeta:

“Fue arrojado (el niño) a la casa del escorpión, cayó y entró al linaje, y experimentó la tierra, y sintió la mordida del escorpión, y sufrió durante los cuatro días que estuvo tendida su madre, durante los cuatro días en que estuvo comprimido (en su vientre). Luego cayó a la casa de las hormigas sangrientas, que lo atraparon y torturaron…
“Con rudeza te expulsó la virgen, te atraparon (las hormigas) y entraste al sufrimiento, te lanzaron al corazón del árbol (genealógico), en el vientre de la ceiba completaron tu infortunio. ¡Pícalo, pícalo, clávale tu encorvada cola, tú, señora que concibe en la gruta, tú, señora que completa el infortunio!”

(Ritual de los Bacabs 12.15-16 y 19.5-7)

La madre Tsitsimitl protagoniza el mito mesoamericano de la creación de los seres vivos. Un documento nahua llamado Histoire du Mexique cuenta que, en el origen del tiempo, E’ekatl, el dios del viento, personificación del aliento y la vida, se enamoró de Mayawel, destiladora, la diosa de la preñez y el parto, hija virgen de Tsitsimitl. E’ekatl raptó a la muchacha y la cargó en su espalda, pero, al llegar a la tierra, ambos se fundieron en un solo cuerpo con forma de árbol, del que se extendieron dos grandes ramas al oriente y el occidente.

Al notar la ausencia de su hija, la madre Tsitsimitl entró en cólera y envió a sus hijos, los Tsitsimi’ o Tsitsimime’, puntas que encajan, para que la trajeran de vuelta. Pero los tsitsimi’ eran feroces, y, cuando encontraron a Mayawel, la hirieron y devoraron. Entonces, E’ekatl recuperó su original forma divina, reunió los despojos de su amada y los enterró. Sus huesos fructificaron y de ellos brotó un maguey.

Este mito es una alegoría biológica. Mayawel y E’ekatl son las polaridades universales creadoras. Al fundirse, conforman el árbol genealógico llamado Tamoanchan, la casa de donde descendemos, dibujado en los códices con dos grandes ramas; la oriental, llamada Ketsalweshotl, sauce, representa el poder fecundador masculino; la occidental, llamada Shochikuawitl, rama florida, es el poder conceptivo femenino.

La madre Tsitsimitl personifica la vida biológica y su consecuencia, la muerte. Sus hijos, los tsitsimi’, son los impulsos reproductivos; por ello, los concebían como animales salvajes y les apodaban colectivamente Kolele’tli, anhelo de linaje (de Kolli, abuelo, antepasado, generación, y Elewi, desear). El siguiente verso los presenta como los agentes del nacimiento:

“Este es tu árbol, esta es la fronda en que naciste. Con espanto de su madre vino el niño desde el corazón del cielo. Por su anhelo de nacer, violentamente lo capturaron (los escorpiones) y lo precipitaron (a la tierra) desde el corazón del cielo.”
(Ritual de los Bacab 4.1-2)

El mito termina explicando cómo el anhelo reproductivo se transformó en un maguey, la planta con cuyas hojas y sabia los anahuacas fabricaban cunas y alimentaban a sus hijos.

Asociaban los impulsos reproductivos con los planetas, porque los señores de la noche rigen sobre las pasiones animales, y, en su desplazamiento por el cielo, tejen los ciclos naturales, en particular, los dos ciclos reproductivos que más nos afectan: el año estacional de la Tierra y el “año” de la gestación humana, que calculaban en 260 días. Por ello, solían representar a la madre Tsitsimitl rodeada de estrellas, y le apodaban Sitlalli, estrella.

Un texto náhuatl describe así el descenso de los tsitsimi’:

“Los demonios, dicen que eran estrellas, y así, hay ahora estrellas en el cielo... Como dioses, se llamaban de este nombre (estrellas), antes que cayesen del cielo, ahora se llaman Tzitzimitl.”
(Códice Telleriano Remensis) 

El mismo mito quedó recogida en un libro maya que asocia la caída de los astros con el proceso reproductivo:

“Entonces nacieron siete luminarias en el corazón del viento… Y comenzó a establecerse la (primera edad), llamada ‘Átense sus generaciones’… Y llegó la segunda edad, llamada ‘Que se devanen nuestros descendientes’… ‘Que se liberen nuestras generaciones’, se llamó la tercera… En la cuarta echaron a andar, ‘Conózcanse en matrimonio’, se llamó… Y nacieron en la quinta las cuarenta mil luminarias de la noche, y su ángel, llamado ‘Pecaminoso’… ‘Soy divino, aquí se extenderán las generaciones’, dijo al caer en la sexta edad. Y nacieron las luminarias de la séptima, ‘Nosotros los sumidos’ se llamó su ángel… Y sucedió que el llamado ‘Yo los arrojo en la locura’, arrojó a todos los ángeles (del cielo). ‘Seres caídos’ se llamaron al ser dispersados por la reproducción, ‘Hechizos pintados’ se llamaron, ‘(Seres) labrados de cualquier modo.”
(Katunes 1.4-17 y 3.5)

¿Por qué los tsitsimi’ son presentados como demonios? Porque, debido a las características evolutivas de nuestra especie, los impulsos reproductivos se ensañan con el cuerpo de la mujer, haciéndole sufrir y arriesgándola durante la gestación y el parto. De hecho, en la leyenda del nacimiento del profeta - que servía como prototipo del parto humano en general -, su madre muere tras cuatro días de angustia, tal como le ocurrió a Mayawel.

Este simbolismo explica por qué llamaban a las mujeres muertas en el parto Tsitsimi’ y Kolele’, demonios y fantasmas, pues creían que, al ver frustrado su anhelo de criar hijos, sus espíritus descendían en busca de los instrumentos punzantes del tejido para vengarse de sus maridos, y de las demás mujeres y sus hijos:

“Las mujeres (muertas en parto) se vienen sobre la tierra a buscar husos, peines de telar y demás instrumentos femeninos para tejer, y aparecen como tsitsimitl y kolele’tli.”
(Wewetla’tolli, Libro de los Hijos 11.19)

Las casas cósmicas

El descenso de los tsitsimi’ se describe con detalle en las láminas 33 a 46 del Códice Borgia, dedicadas a las fases de la creación de la vida bajo la regencia de los astros. En la lámina 34 vemos un edificio que simboliza al Universo, cuyos múltiples pisos corresponden a los escalones de la pirámide cosmológica. Su techo plano indica que se trata del polo femenino de la energía; por eso, en sus pisos descansan las Siwateteo, diosas, las mujeres muertas en el parto, cuyo trabajo es acompañar al Sol vespertino.

Del techo desciende una cuerda de tres hebras a la que llamaban Shiu’mekatl, cuerda preciosa o cuerda de los ciclos (de Shiwitl, cosa preciosa, ciclo, y Mekatl, cuerda). Esta cuerda era atributo de los médicos y las parteras, pues acostumbraban atar el vientre de las parturientas para forzar la expulsión del niño. También identificaba a Mayawel, según vemos en la siguiente imagen, donde la diosa, adornada con un tocado de hilaza (el hilo de la vida) y un penacho de estrellas (la embriaguez de los sentidos, atributo de la biología), se asoma desde un maguey florido (el vientre de la embarazada) con la cuerda en su mano.

La misma cuerda se asocia a Tlasolteotl, divina inmundicia, una advocación de Tsitimitl que auspiciaba las relaciones sexuales. Por ello, un códice muestra a la diosa con su tocado de hilaza y un vestido de piel que significa el contacto con la materia, pariendo sobre una estera lunar (el imperio de los ciclos) a un niño que trae entre sus manos dos cuerdas enlazadas (la atadura del aliento).

La cuerda que desciende de la casa femenina forma bucles o espirales en los que se ensartan siete tsitsimi’, seis de ellos en forma de arañas, cinco de las cuales tienen narigueras de media luna, que el sexto substituye por una lengua bífida. El séptimo tsitsimitl es un pedernal, instrumento punzante con resonancia fálica que equivale simbólicamente al aguijón del escorpión.

En su descenso, los tsitsimi’ se ordenan en tres bloques: a la a izquierda (la derecha de la cuerda), dos arañas rojas simbolizan la sangre y la vitalidad; a la derecha, dos arañas amarillas aluden a la enfermedad y la muerte. En el centro hay dos arañas neutras; la inferior mezcla ambos colores, indicando un equilibrio de polaridades, como corresponde al punto de arranque del sistema; su lengua bífida indica que la cuerda se interpretaba como una serpiente. La araña superior es azul, el color del rumbo central, la síntesis y la trascendencia, como corresponde al punto de cierre del sistema.

La lámina 33 repite la escena, pero con un edificio de techo agudo en cuyos pisos superiores descansan los guerreros muertos en la guerra, acompañantes del Sol matutino. Representa la polaridad masculina de la energía cósmica. En el ápice del techo hay una araña con un cuchillo de pedernal encajado en su mollera - el mismo que aparece en el techo de la casa femenina. Este detalle corrobora la traducción de Tsitsimitl como punta que encaja y punto de encaje.

Lo más interesante de esta lámina es que, en lugar de representar a los tsitsimi’ en la forma genérica de arañas, el escriba los identificó con los glifos de escritura que compartían los nahuas y mixtecas. De arriba abajo, sus nombres son: 

Otro aspecto notable de la pintura, es que la cuerda forma dos bucles en torno al pedernal para enlazar otros dos tsitsimi’ que no pertenecen a la secuencia principal: a la izquierda (la derecha de la casa) aparece el glifo Masatl, venado, y, a la derecha, el glifo Tochtli, conejo. Ambos animales representan, respectivamente, la fecundación y la gestación. Los astros que les acompañan - el Sol y la Luna - indican que estos tsitsimi’ son las polaridades abstractas del diseño cósmico. El sistema tiene, pues, el mismo diseño que los planos celestes: un triángulo con la punta hacia abajo, cuyo vértice inferior se despliega en siete niveles.

Poderes perceptuales

¿Qué funciones tienen los tsitsimi’ en el mito creador? Para entenderlas, observemos la siguiente imagen de Tlasolteotl. Además de sus atributos usuales (la nariguera lunar, el tocado de hilaza y plumón, y el haz de hierba en la mano), la diosa porta instrumentos punzantes relacionados con la penitencia ritual, y tiene el glifo de la muerte en su falda. Remarca su papel de castigadora un tsitsimitl en forma de ciempiés que se proyecta de su boca, como un decreto, hacia la encrucijada del inframundo, advirtiendo que las transgresiones conducen a la muerte y se redimen mediante la penitencia. Lo notable es que el ciempiés fue diseñado como una columna vertebral, lo que indica que los tsitsimi’ reflejan las funciones de ese órgano.

Confirman esta interpretación dos platos mayas cuyo motivo básico es una secuencia vertical de siete puntos, el cuarto y central desarrollado como tsitsimitl, para que se comprenda el sentido del conjunto. Los siete signos se ubican dentro de una columna de nueve vértebras, flanqueada por signos de la muerte y el inframundo.

El vínculo de los tsitsimi’ con la columna vertebral explica por qué, en ocasiones, se alinean en la espalda de Tlasolteotl. Por ejemplo, en la siguiente imagen vemos a la diosa ofrendando incienso y alimento (la vitalidad), rodeada por una corriente con volutas (la fecundidad) que ha sido diseñada como un conjunto de vértebras de dos colores o polaridades que se alternan, donde se engarzan los nombres de los tsitsimi’. Tres de los signos (cuchillo de pedernal, cuerda preciosa y bandera-escudo) son los mismos que acabamos de estudiar, pero los demás son equivalencias: el escorpión ha sido sustituido por otro emblema de mordida: la mandíbula del dragón; el plumón, por al haz de hierba que sostiene la diosa en su mano izquierda, con la misma función de formar nidos; la flor espinada, por otro objeto que punza: el lanzadardos; el cetro, por una caña de flecha; la gema, por un ojo. 

La escena se repite en esta imagen, donde la diosa, desnuda y con arrugas ventrales que ostentan su función de paridora, aferra la serpiente de la vida que, significativamente, pasa por su vagina. Los signos que la rodean no están completos, pero se reconocen el pedernal, la cuerda preciosa y el cetro en su variante de caña de flecha; la flor se sustituye por un corazón (no hay que confundirla con la flor que aparece abajo, atributo de la cuerda preciosa), y, el escorpión o dragón, por una cabeza de serpiente, pues ya sabemos que el tsitsimitl inferior es la cabeza de la serpiente de la vida.

¿Por vinculaban a los tsitsimi’ con la columna vertebral? Porque ellos son los constructores de la vida, y la columna es la “flauta” o “cerbatana” por donde el dios del aliento sopla la energía vital, permitiendo las funciones reproductivas.

Confirman esta interpretación dos de las preguntas que los mayas hacían a los candidatos a la iniciación del Jalach Winik, hombre verdadero (el gobernante); la primera dice:

“Esta es la tercera petición que les hace, les dice que aten en una sola columna los grandes pilares de la casa de seis intervalos de alto.”
(Lenguaje de Suyua 2.7)

La casa de seis intervalos o siete pisos es la pirámide cosmológica. El texto añade que los costillares que la sostienen se insertan en su columna central. El sentido es obvio: además de tipificar las polaridades de la energía, las casas cosmológicas que estudiamos representan a los cuerpos humanos femenino y masculino. La sexta pregunta confirma que el pilar central de la casa es la columna vertebral, y que la columna es la morada los tsitsimi’:

“He aquí la sexta pregunta: Hijos míos, id a buscarme la espinosa rama de la ceiba que tiene tres cuerdas torcidas y una fibra viva. Mañana quizás no sea un mal día para comer la viva raíz de la ceiba. La cuerda triple torcida es el espinazo del reptil, la fibra viva es el intestino del jabalí, la espinada raíz de la ceiba es el espinazo del reptil. Esto significa el habla oculta.”
(Lenguaje de Suyua 2.21-22)

La ceiba es el árbol de las generaciones. Su rama espinada es el espinazo del reptil, el animal emblema de la tierra y la materia. La cuerda de tres hebras enrollada en la rama es la cuerda preciosa donde se ensartan los tsitsimi’; la interpreto como la médula espinal, el conducto fisiológico del impulso nervioso. De manera apropiada, el texto llama a ese impulso “la fibra viva”, y lo identifica como un intestino de jabalí por un curioso juego de palabras, pues la frase maya Chochel k’ek’em, el intestino del jabalí, formada con los términos Choch, encajar, segmentar, interior, intestino, y K’ek’, punta de arpón, también se traduce las puntas que encajan.

El vínculo de los tsitsimi’ con la columna vertebral explica por qué los pintaban como arañas: porque sus patas radiadas y su tela evocan el diseño de los plexos nerviosos. De hecho, la araña percibe el mundo a través de su tela. Este fenómeno nos adentra en una dimensión más sutil del simbolismo, recogida en otro mito que afirma que, con el propósito de renovar el Universo, Teskatlipoka, humo del espejo, contraparte masculina de la madre Tsitsimitl, bajó del cielo por un hilo araña.

Teskatlipoka es la síntesis de los tsitsimi’. Su sentido teológico se delata en su nombre, formado por los sustantivos Teskatl, espejo, y Poka, apócope de Pokalli, forma inusitada para humo. El espejo representa los sentidos; el humo que lo cubre es la percepción humana, “nublada” por límites biológicos, psicológicos y sociales. Teskatlipoka es el señor de la percepción, como él mismo proclama en un conjuro:

“Yo mismo, el conjurador nocturno, soy la guerra (de la percepción), soy el excitador (de los sentidos), soy el que distrae, el que confunde, el que desmaya, el que entrega a todos a la embriaguez del sueño.”
(Hernando Ruíz de Alarcón, Tratado de las Supersticiones)

Puesto que los tsitsimi’ son desdoblamientos de Teskatlipoka, se comprende que el gobernante mexica Moteku’soma les aplicara los atributos que definen al dios:

“(Ordeno) se me busquen todos los encantadores y hechiceros, los que mandan a las culebras y alacranes y arañas para que los encanten y les echen sueño (hipnoticen), y para que les muestren visiones.”
(Diego Durán, Historia de las Indias)

Los tsitsimi’ son los poderes de la percepción; por ello, en un mural teotihuacano, descienden como arañas por el tronco de un ololiuhqui, planta representativa de la conciencia, debido a sus propiedades psicoactivas. Este simbolismo sugiere que los tsitsimi’ tipifican las aflicciones de los seres vivos, precisamente porque los hacen conscientes. Son metáfora de la sensibilidad que distingue la materia viva de la inerte.

Otro nombre de los tsitsimi’, patente en el mural de Teotihuacan, era Shochime’, flores, porque, a través de ellos, la percepción florece. En las láminas 14 y 16 del Códice Laúd los vemos como siete flores de dos tipos alternos (en un caso, floripondios amarillos y rojos, en el otro, bulbos y flores abiertas), que brotan del árbol del origen que se curva en torno a la espalda y la cabeza del dios de los ciclos. 

Es de destacar que ambas láminas añaden al final de la secuencia de siete flores una cabeza de dragón con tentáculos que, además de remarcar el nombre de la primera flor, simboliza la corriente de energía vital. No parece casual que esos mismos tentáculos aparezcan, proyectados de un disco, en la zona sexual de ciertos personajes en relieves prezapotecos. Estos personajes, conocidos impropiamente como danzantes, protagonizan el mito del sacrificio y caída de los dioses sobre la tierra al principio del mundo, para crear el nuevo Sol - un mito que, obviamente, equivale al de los tsitsimi’.

Resonadores fisiológicos

Dentro del organismo vivo, los tsitsimi’ son complejos funcionales que decantan el caos vibratorio que nos llega a cada momento, para producir impresiones coherentes y enfocarlas a la supervivencia y otros objetivos. Se comprende por qué los anahuacas les llamaron puntos de encaje y los compararon con heridas: porque, al igual que las armas con filo, ellos conectan lo externo con lo interno. Como su función es transformar la oscuridad de la inconsciencia en la luz de los sentidos y la mente, una fuente les apoda Kuekueyo’, luminosos:

“Con nuestros cuecueyos alumbramos a todas partes. En el sitio donde están nuestras luminarias, allí tenemos luz.”
(Códice Matritense)

En el lenguaje cotidiano, el término náhuatl Kuekueyotl se entendía como brazalete, pero su sentido etimológico revela por qué lo aplicaron a los tsitsimi’: Kuekueyotl es el atributivo de Kuekueshtli, cuerda ensartada con perlas o piedras preciosas - una descripción de la estructura de los tsitsimi’, tal como quedaron dibujados en la casa cósmica.

La interpretación de los cuecueyos como resonadores fisiológicos arroja luz sobre un aspecto poco estudiado del arte mesoamericano: la presencia de agujeros en ciertas partes de los cuerpos de las estatuas y figurillas, donde, en su momento, hubo piedras semipreciosas.

Comprender la función global de los cuecueyos permite deducir sus funciones específicas, codificadas en sus nombres. En este sentido, es de gran ayuda la relación que establecen las fuentes entre algunos cuecueyos y algunos órganos del cuerpo. Analicemos cada caso:

1. El primer centro es llamado Escorpión, Dragón y Serpiente. Las fuentes asocian estos tres animales con el impulso sexual. Por ejemplo, el mito cuenta que, tras cometer incesto, el sacerdote de la Serpiente Emplumada fue transformado en escorpión y apodado Yappan, oscurecido, como afirma la siguiente imprecación de un conjuro náhuatl:

“¿No te avergüenza haber pecado, sacerdote oscurecido? Todo el tiempo que vivas sobre la tierra, nada bueno harás. Los macehuales te apodarán ‘escorpión’, pues ese nombre te impongo.”
(Conjuro 28.18)

Este centro faculta a los seres vivos para sentir y canalizar impulsos sexuales. Una fuente lo ubica con claridad:

“Serpiente (rige) en el miembro viril del hombre.”
(Códice Vaticano 3738)

2. El hecho de que el segundo centro se llame Plumón y Hierba, indica que lo asociaban con la construcción del nido, la crianza de hijos y el despliegue de las generaciones. Plumón es el centro que procesa los instintos gregarios y filiales. El hecho de que la diosa madre sostenga el mazo de hierba a la altura de su vientre, o, mejor aún, sobre su útero, muestra su ubicación fisiológica, confirmada en la siguiente cita:

“Malinalli (hierba, rige) sobre los intestinos.”
(Códice Vaticano 3738)

3. El tercer centro, Bandera, suele aparecer acompañado de un escudo. Ambos instrumentos de guerra sugieren que este centro procesa la voluntad y los impulsos de superación y liderazgo. Puesto que el centro anterior se ubica en el vientre, y el siguiente en el corazón, deduzco que Bandera resuena en el ombligo. De hecho, una fuente ubica allí un cuecueyo:

“El cuecueyo del disco umbilical está debajo del ombligo… Bajo el pozo del ombligo se encuentra el disco umbilical, que es como una espiral, un círculo.” (Códice Matritense)

Las ubicación de este centro explica por qué, la captura de un enemigo se decía en náhuatl con el extraño verbo Shiktia, ombliguear.

4. El cuarto centro es Shochitl, flor, o Wishochitl, flor espinada. El sentido emocional de la flor se describe hasta la saciedad en los cantos nahuas; veamos un ejemplo:

“Como una flor se abre mi corazón, flores esparzo, trenzadas en mi canto.” (Canto de primavera)

Deduzco que este centro procesa los sentimientos de amor y altruismo, y la sensibilidad estética y moral. Su ubicación fisiológica es explícita:

“Rosa (rige) en las tetillas...”
(Códice Vaticano 3738)

5. El atributo del quinto centro, Topilli, cetro, identificaba a los dirigentes y jueces, lo que sugiere la capacidad de juzgar y tomar decisiones. La asociación fisiológica de este centro se deduce de la costumbre de portar los cetros a la altura de la garganta. Por ello, Topilli también se representaba como una caña, símbolo del conducto del aliento.

6. El sexto centro recibía los nombres de Gema y Ojo, lo que anuncia su ubicación fisiológica. El tercer ojo u ojo frontal aparece con frecuencia en el arte mesoamericano, simbolizando a la persona muerta o dormida, al chamán en trance, y a los tres planos superiores de la escala cósmica. Deduzco que representaba la visión espiritual.

7. Las fuentes representan al séptimo centro de tres modos: como un cuchillo de pedernal clavado en la coronilla, como la fontanela (el corte del cuchillo), o como una planta que nace de la fontanela. El significado del cuchillo y de su corte es obvio: por su capacidad de conectar lo de fuera con lo de dentro, representa la percepción in abstracto. Transformado en planta, añade los sentidos del término teológico Shoshou’ki, reverdecer, renacer. 

Encontramos confirmación de las asociaciones anteriores en la siguiente imagen, que vincula los signos del calendario al cuerpo humano. Aunque su propósito es articular el calendario, no los cuecueyos, y aunque no todos los cuecueyos aparecen dentro de la veintena calendárica, los que sí aparecen se relacionan exacta o aproximadamente en el orden que acabamos de estudiar: Serpiente corresponde al órgano sexual, Hierba, al vientre, Flor y Caña, al pecho, Cuchillo se ubica en la cabeza. Se omiten los centros de Bandera y Gema, porque no son calendáricos. 

Programa evolutivo

Aclaremos algo: el conocimiento de los centros perceptuales no es exclusivo de los mesoamericanos, aparece en varias culturas antiguas, en forma explícita o a través de alegorías esotéricas. La Biblia les llama “las siete llamas de la presencia” (es decir, de la conciencia), “los siete espíritus atentos” y “las siete iglesias”. Como vinculan el alma con la materia, Jesús les llamó “los siete demonios de la casa”. En la imaginería cristiana, el séptimo cuecueyo es una llama de fuego en la coronilla del iniciado - un símbolo presente también en Asia y América. Por influencia cabalista, los europeos medievales relacionaron los centros con los grandes órganos internos, los elementos alquímicos y las casas zodiacales. Los hindúes les prestaron mucha atención, les llamaron Chakras, ruedas, y los representaron como flores, al igual que los mesoamericanos.

Los cuecueyos no son una superstición de los antiguos - por más que la moderna cultura nueva era los haya trivializado -, sino el resultado de milenios de observación del modo como funcionan la biología y la psiquis.

Los cuecueyos son un producto evolutivo. Aunque latentes hasta en los seres más simples, sus ganancias perceptuales se acumulan a medida que las especies las adquieren mediante mutaciones. Ese acumulado deja huellas en forma de plexos nerviosos, glándulas, secreciones, órganos y capas nerviosas concéntricas de complejidad creciente, capaces de ampliar los alcances de la conciencia.

Los primeros seres vivos sólo tenían activo el centro sexual, pues es imprescindible para la reproducción. Con el tiempo descubrieron que, al socializar, aumentaban sus posibilidades de sobrevivir, de modo que la Naturaleza desarrollo el centro social, activo en muchas especies, incluso insectos.

El desarrollo de estructuras sociales favoreció la aparición de los impulsos de liderazgo y autosuperación, que resonaron en el centro egoico, activo, hasta donde sabemos, sólo en los vertebrados superiores. El liderazgo exponenció la capacidad depredadora del grupo, y lo proyectó hacia la autoconciencia.

El siguiente paso evolutivo, presente ya en las aves y los mamíferos primitivos, fueron los impulsos empáticos, que buscan la supervivencia de los semejantes. Los humanos hemos ampliado esta capacidad hasta el punto de sentir empatía por todo ser vivo y por la Naturaleza, pues comprendemos que, lo que afecta a los demás, tarde o temprano nos afectará.

Estos centros son nuestra herencia animal; ellos bastan para mantener la vida, pero no son suficientes para las necesidades de la cultura y la civilidad. Por eso, los humanos nos planteamos objetivos superiores de conciencia, que exigen el cultivo deliberado de las facultades cognitivas, la capacidad de abstraer el proceso perceptual, y la trascendencia del sesgo que nos impone la forma humana. En otras palabras: los cuecueyos no sólo son la evidencia de las etapas de la evolución pasada de la vida, sino también su programa de desarrollo futuro.